lunes, 9 de octubre de 2017

Bajo el sol de la dehesa


BAJO EL SOL DE LA DEHESA

Manuel Pecellín Lancharro
Badajoz, Editamás, 2017, 326 págs.
Prólogo de José María Fernández Gutiérrez

Dejando a un lado su actividad de dinamizador cultural (director del servicio de publicaciones de la Diputación Provincial, director del Centro de Estudios extremeños y de su revista, presidente de la Asociación de Escritores extremeños, cofundador y vicepresidente de la Unión de Bibliófilos extremeños, entre otras numerosas tareas), la obra escrita de Manuel Pecellín (Monesterio, 1944) comprende una enorme relación de libros y artículos publicados en periódicos y revistas, tanto regionales como nacionales y extranjeros. La mayor parte de estas obras se proponen reconstruir la historia del pensamiento en Extremadura. Ya su tesis doctoral se centró en el desarrollo del Krausismo en la región; otros estudios suyos han atendido al pensamiento y la obra de Arias Montano, Francisco Vera, Joaquín Sama, Juan Uña o Faustino Arévalo.
   Pero Manuel Pecellín ha participado también activamente en el estudio y promoción de la literatura en Extremadura. Él es el autor de la mejor revisión histórica que se ha publicado hasta la fecha: los tres tomos de Literatura en Extremadura (1982) que se han ido completando posteriormente con artículos en distintas publicaciones en los que el autor ha atendido tanto a la recuperación histórica de ciertos autores (Felipe Trigo, particularmente, pero también el teatro extremeño del siglo XVI, por ejemplo) como a los escritores contemporáneos (Manuel Martínez Mediero, Manuel Pacheco, Álvarez Lencero, José Antonio Gabriel y Galán, los narradores últimos...).
   Paralelamente a esta notable obra filológica y crítica, Manuel Pecellín ha ido agavillando tímidamente páginas de auténtica creación literaria, primero en una obrita de 1987 publicada por la editora regional (Caleidoscopio), y más tarde en una segunda entrega de mayor cuerpo, Historias mínimas (Badajoz, Del Oeste Ediciones, 2001) y Relumbre de espejuelos (Beturia, 2010, con un soneto-prólogo de Santiago Castelo).
   Recordamos de modo sucinto estas varias facetas del escritor, en palabras del prologuista, “un hombre sabio, erudito, ponderado y amante de los libros” porque todas ellas aparecen en esta miscelánea publicada ahora por Editamás con ilustración de portada de Eduardo Naranjo. Al terreno del estudioso pertenecen trabajos como “Ramón Carande”, “Editoriales privadas de Extremadura”, “Cervantes y Guadalupe” y “La primera Biblia completa editada en Castellano”. De menor extensión son textos escritos para responder a un homenaje o presentar un día del biblióflilo, los entregados a  una revista o un diario con motivo de un acontecimiento cultural, las numerosas reseñas de novedades editoriales, y no faltan los textos de pura creación como “pecios” y varios poemas. Reproducimos un breve texto que remite a su vocación quizá más profunda, la filosófica.

ESTE ANIMAL SIMBÓLICO

   Entre las numerosísimas definiciones que tratan de expresar los rasgos distintivos del hombre, prefiero la del filósofo E Cassirer: “animal simbólico”. Efectivamente, este “mono desnudo” (D. Morris), quizás demasiado obeso (J. E. Campillo), no siempre tan racional (Aristóteles) y en ocasiones auténtico lobo (Hobbes), se caracteriza sobre todo porque tiene a su disposición un número continuamente renovado de elementos significantes. Constituyen lo que se conoce como “cultura”, el universo de discursos capaces de conducirnos más allá de los puros impulsos inducidos por nuestra naturaleza animal. El lenguaje ante todo, pero también la ciencia, la religión, la música, las artes plásticas, el deporte, la gastronomía, la técnica e incluso el ocio forman parte del mismo.
   Tanto más culta es una persona cuanto más cultivada está, es decir, mejor conoce e interpreta los símbolos. Por supuesto que estos no son siempre “inocentes”, sino que a menudo se impregnan de los valores de las clases depredadoras. De ahí el énfasis de Antonio Machado en incrementar la “conciencia vigilante” para evitar nos den gatos por liebres y hacer que sepamos distinguir “las voces de los ecos”.
   Bienvenidas sean cuantas actividades (presentaciones de libros, conciertos de música, debates múltiples, exposiciones artísticas, certámenes de canto, coloquios con autores, muestras bibliográficas, películas y vídeos, tormentas de ideas, charlas o conferencias) contribuyen a difundir la cultura. Una ciudad es más o menos importante, no tanto por sus industrias, bancos y comercios, sino por la capacidad que tiene para defender y difundir la cultura entre sus ciudadanos.

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