miércoles, 23 de agosto de 2017

La luz difícil


LA LUZ DIFÍCIL

Tomás González
Bogotá, Alfaguara, 2011, 132 págs.

   Nacido en Medellín (Colombia) en 1950, Tomás González estudió Filosofía en la Universidad Nacional de Colombia y residió en Estados Unidos durante casi dos décadas. De regreso a Colombia se dio a conocer con dos novelas, Primero estaba el mar (1983) y Para antes del olvido (1987, ganadora del V premio Plaza y Janés), narraciones a las que siguieron un libro de cuentos, El rey de Honka-Monka (1995) y un poemario, Manglares (1997). Más tarde ha publicado las novelas La historia de Horacio (2000), Los caballitos del diablo (2003), Abraham entre bandidos (2010), La luz difícil (2011), Temporal (2013) y Niebla a mediodía, además de dos nuevas compilaciones de relatos, El lejano amor de los extraños (2013) y El expreso del sol (2016).
   La luz difícil, que he leído en un ejemplar me hecho llegar Antonio María Flórez, narra en primera persona los recuerdos que David, un pintor colombiano, guarda de sus años de Nueva York, ciudad en la que vive con su esposa Sara y sus tres hijos. Jacobo, el mayor, ha sufrido un accidente de tráfico que le ha dejado parapléjico. Cansado de sufrir unos dolores insoportables para los que no halla remedio, el joven decide viajar con su hermano a Portland en donde el suicidio asistido no se castiga penalmente. David y Sara, sus padres, permanecen en Nueva York atentos a los teléfonos. Consideran razonable la decisión de su hijo porque han sido testigos del infierno en que se ha convertido su vida tras el accidente, pero aún conservan una ilusoria esperanza: tal vez en el último momento se arrepienta.
   Reproduzco un fragmento en que los padres de Jacobo, echados en la cama, aguardan en silencio, combatiendo cada uno su angustia, una llamada telefónica.

    “Al avanzar los segundos, la realidad se hacía más intensa. La mano de Sara estaba un poco fría, pero fue entibiándose. Sentí irregularidades en mi corazón, pequeños saltos y murmullos y también golpes que alcanzaban a sacudirme imperceptiblemente el cuerpo. “No me puedo morir ahora”, pensé. “¿Qué sería de ellos?”. Empecé a respirar con más profundidad y regularidad, hasta que el fin murmullos y golpes cesaron. Pero no las llamas. “Tampoco puedo andar brincando a cada rato como loco por la claustrofobia, y menos ahora”, pensé, y logré controlarme. Pensé en el irlandés que pintaba obispos que daban alaridos. El tiempo pasaba muy despacio, casi se devolvía, pero era para triturarnos mejor y mejor lamernos con las llamas. En el apartamento se volvió a instalar el silencio insidioso, a pesar de que Debrah y James hablaban en la cocina y Arturo punteaba en su cuarto; a pesar de que sonaban las botellas quebradas de siempre del Lower East Side y los gritos que llegaban de tiempo en tiempo, como de muy lejos…
         “Hey, you! Fucking bitch!”, gritaban”. [pp. 98-99]

domingo, 20 de agosto de 2017

Los habitados


LOS HABITADOS

Piedad Bonnett
Madrid, Visor, 2017, 56 págs.
XIX Premio de Poesía Generación del 27

   Nacida en Amalfi (Antioquia, Colombia, 1951), Piedad Bonnet es licenciada en Filosofía y Letras por la Universidad de los Andes, en la que desde 1981 imparte clases. Como escritora, ha cultivado la poesía, la novela (con títulos como Después de todo, 2001, Para otros es cielo, 2004, Siempre fue invierno, 2007, El prestigio de la belleza, 2010 y Lo que no tiene nombre, 2013, todos ellos publicados por Alfaguara), el teatro (Gato por liebre, Que muerde el aire afuera, Sanseacabó, Se arrienda pieza y Algún día nos iremos, montadas por El Teatro Libre bajo la dirección de Ricardo Camacho) y la crítica literaria.
   Como poeta, ha publicado ocho obras: De círculo y ceniza (Ediciones Uniandes, 1989), Nadie en casa (Simón y Lola Guberech, 1994), El hilo de los días (Norma, 1995), Ese animal triste (Norma, 1996), Todos los amantes son guerreros (Norma 1998), Tretas del débil (Alfaguara, 2004), Las herencias (Visor, 2008) y Explicaciones no pedidas (Visor, 2011). Ahora, la misma editorial madrileña publica Los habitados, un poemario que se propone “dar voz a aquellos que han visto crecer dentro de sí la plata venenosa del desasosiego, del miedo, de la disociación; a los encerrados que a menudo se siente ajenos al mundo pero también a sí mismos, y que sin embargo son capaces también de una lucidez que solo a ellos les pertenece, y que les posibilita ver más allá de lo que otros vemos. Es también un conjunto de poemas que se acerca al duelo con la serena tristeza del que sabe que debe conformarse con las migajas de la memoria, y que la palabra es un instrumento de recuperación que, aunque a veces precario, merece nuestro agradecimiento” [Texto de contraportada]
   Reproducimos uno de los poemas que presenta a un grupo de hombres y mujeres enfrentados a una muerte violenta más.

LOS OFICIOS

Mas alguien debe hacer el resto…
Juan Calzadilla

Instrumental y guantes y antisépticos.
Alguien trae una bolsa con un cierre
y guarda cada prenda con cuidado de madre.

La radio acompañando los oficios.

Quién corta limpiamente, quién salva lo que aún vive.

Impavidez y asepsia,
y nieve en esta sala, nieve sobre los muslos azulosos,
un par de estrellas muertas nadando en un mar turbio.

“la belleza final es cruenta y onerosa”

el que apaga las luces, el que cierra las puertas,
el que echa a andar los hornos,

el que lava en la calle los signos del naufragio.

jueves, 3 de agosto de 2017

lunes, 31 de julio de 2017

Mistralia


MISTRALIA

Eugenio Fuentes
Barcelona, Ed. Tusquets, 2015, 296 págs.

  Las batallas de Breda (premio Cáceres de Novela Corta, 1988, publicada por la I.C."El Brocense" en 1990) supuso la irrupción de Eugenio Fuentes (Montehermoso, 1958) en el panorama narrativo regional. Como el Yoknapatawpha de Faulkner, o Región de Benet, el territorio de Breda, y la próxima Mayorga, erige su perfil mítico de lindes difusas, en donde se yuxtaponen los tiempos y se alternan las voces narradoras. Más tarde, en 1993, vería la luz El nacimiento de Cupido (1993, premio internacional de novela “Ciudad de San Fernando”) y a este mismo ciclo narrativo pertenecen los relatos de Vías muertas (Editora Regional, 1997), año en que aparece también Tantas mentiras (premio “José Antonio Gabriel y Galán”, Mérida, ERE, 1997), una novela histórica ambientada en los años de la revolución mexicana.
   En El interior del bosque (premio “Alba-Canarias” de 1999, publicada un año más tarde) asistimos a una sucesión de asesinatos ocurridos en la reserva natural del Paternóster, que un detective privado, Ricardo Cupido, se propone investigar. Será el primer título de un ciclo de novelas que, excepto La sangre de los ángeles (Alba Editorial, 2001), han sido publicadas por Tusquets: Las manos del pianista (2003), Venas de nieve (2005, premio “Extremadura a la creación”), Cuerpo a cuerpo (2007), Contrarreloj (2009), Si mañana muero (2013) y Mistralia (2015).
   La trama  esta última novela arranca cuando en pleno territorio de Breda (en la sierra Ufana desde donde pueden verse la Reserva del Pater Noster, el Yunque y el Volcán o las vegas del Lebrón) una de las ingenieras de la empresa Mistralia aparece ahorcada en uno de los aerogeneradores enclavados en la sierra. Reproducimos el momento en que una pareja descubre el cuerpo de la mujer.

   “Las últimas estrellas desenroscaban sus tuercas en el cielo, se soltaban y corrían a esconderse de la claridad. El alcohol y la marihuana todavía emborronaban su percepción mientras veía apareceré las aspas detenidas del molino eólico bajo el que habían aparcado y, por fin, muy arriba la góndola y el eje.
-¿Qué es aquello? –aguzó la mirada con gesto de pasmo.
-Qué.
-Allí arriba.
-Parece… -Santi también dudó.
-Sí.
-Parece… ¡un hombre ahorcado! –El pasmo se convirtió en temor.
-¡Una mujer!
   Los dos se habían incorporado y Santi, espoleado por el miedo, enderezó rápidamente el respaldo de los asientos.
-¡Vámonos de aquí!
-¡Espera!
-¡Vámonos antes de que…! –escrutó alrededor para comprobar si alguien los había visto. Luego alzó nuevamente la cabeza, quería mirar y no mirar, se fijaba un instante y se volvía enseguida tapándose los ojos con las manos.
-Un momento –dijo, más lúcida que él. Tampoco se podía esperar de una mascota que no saliera corriendo al olfatear el peligro.
   El cuerpo se balanceaba recortado contra la creciente luminosidad del cielo. Santi miró hacia él y luego, con bruscos giros del cuello, miró atrás y a los lados.
-¡No hay nadie! Podemos irnos y no decir nada. Ya lo descubrirán. ¡No quiero meterme en ningún lío! –exclamó con una obstinada vehemencia”.

viernes, 28 de julio de 2017

La vida negociable


LA VIDA NEGOCIABLE

Luis Landero
Barcelona, Ed. Tusquets, 2017, 336 págs.

   Nacido en Alburquerque en 1948, Luis Landero crece en una familia campesina que emigra a Madrid en 1960. Durante años, el joven encadena numerosos trabajos de supervivencia hasta iniciar estudios de Filología Hispánica en la Universidad Complutense de Madrid y dedicarse a la enseñanza en varios centros hasta su jubilación como profesor de lengua y literatura en la Escuela de Arte Dramático. En 1989 publica su primera novela, Juegos de la edad tardía, ganadora del premio de la Crítica de ese mismo año y del Premio Nacional de Literatura de 1990, a la que seguirían Caballeros de fortuna (1994), El mágico aprendiz (1998), El guitarrista (2002), Hoy, Júpiter (2007), Retrato de un hombre inmaduro (2009) y Absolución (2012).
   Ahora, la editorial Tusquets, la misma que publicó todos los títulos citados, saca a la luz La vida negociable (2017), una novela de formación, como otras narraciones anteriores, pero también de la pérdida de la inocencia, cuando el protagonista, Hugo Bayo, descubra la infidelidad de la madre (casada con un hombre veinte años mayor que ella) y las corruptelas del padre, un administrador de fincas urbanas, en un entorno familiar envilecido por la mentira que impulsará al joven hacia la inmoralidad y el chantaje.
   La novela se asienta, como es habitual en el escritor, en un sólido conocimiento de los modelos narrativos clásicos, entre los que destaca en esta ocasión, por los numeroso guiños de complicidad, la novela picaresca, no por la presencia de numerosos amos, sino por motivos como la deshonestidad de los padres y su repercusión en la formación del protagonista (como en los modelos clásicos), los numerosos cambios de entornos y de “oficios”, la sucesión alterna de éxitos y fracasos o la concepción aleccionadora de las experiencias (“Y eso me hizo pensar en lo solo que estaba yo en el mundo, y me prometí aprender la lección”). Reproducimos un párrafo en que el protagonista se muestra ya dueño de los secretos y, por tanto, de la voluntad de sus padres.
  
   “Comimos los tres en silencio, no un silencio único para todos sino cada cual metido en el suyo propio, y era curioso, porque mi madre, quizá alarmada por el temor de que hubiese podido contarle el secreto a mi padre durante nuestras correrías laborales, no se atrevía a mirarlo, y en cuanto a mi padre, cohibido por mi presencia y avergonzado de sus fechorías, no se atrevía tampoco a mirarnos ni a mi madre ni a mí, y solo yo podía encararlos sin miedo, con la seguridad de que ellos no se arriesgarían a enfrentar mi mirada. Me ocurría entonces que, en las conversaciones, yo no sabía gestionar el silencio, cosa que sí sabe la gente de mundo o segura de sí, y que es una manera de elegancia. Para mí el silencio era un desagradable incidente dialéctico. Pero ahora yo era dueño de aquel silencio, y en él se oían los lentos y claros golpecitos rítmicos que yo daba sobre el vaso o el plato.
   Antes del postre, me levanté, cogí dinero del bolso de mi madre, aunque ahora también podía haberlo hecho de la cartera de mi padre, y dije:
   Salgo a pasear, y allí los dejé, cautivos en el silencio, en la incertidumbre y en la culpa”.

martes, 18 de julio de 2017

Eva María se fue...

   Conducía hace unos días en dirección a Mérida oyendo la radio (que no escuchándola), sumido en preocupaciones domésticas, cuando de repente sonaron los acordes veraniegos de una canción de mi juventud: “Eva María se fue / buscando el sol de la playa / con su maleta de piel/ y su biquini de rayas”. En ese momento sentí un leve estremecimiento que, sin té ni magdalenas, me abdujo por completo para un instante después depositarme suavemente (era verano de 1973, cuando Fórmula V dio a conocer esta joya de la música pop) en el patio de la casa de mis padres donde mi hermana y sus numerosas amigas bailaban al son de un tocadiscos de pilas, mientras, en el presente, una dulce nostalgia me invadía. ¡El verde dosel de la parra madurando sus racimos de uva albilla, la palmera desgañitándose con un gorjeo unánime de gorriones, las chicas moviendo rítmicamente sus púberes caderas… ¡Y todo lo había desencadenado una festiva tonada popular! Cómo no compartir la aguda observación de Faulkner; “el pasado no está muerto, ni siquiera es pasado”.
   Como no tenía mejor cosa que hacer que atender al tráfico (y a los rádares emboscados de la DGT) y escuchar la canción, me detuve en los versos, leves y ligeros como pompas de jabón, que, a pesar de su tono fresco y estival, relatan una separación (o una ruptura, la cosa no está del todo clara): “ella se marchó / y solo me dejó / recuerdos de su ausencia…”, y es que “sin la menor indulgencia [sic] Eva María se fue” (a la playa). Tras este episodio traumático, durante las noches de insomnio, al amante solo le queda el pobre consuelo de contemplar su fotografía (con su biquini de rayas, “bañándose en el mar / tostándose en la arena”), momento en que la canción exhibe un erotismo tímido y primario. Nada que pueda compararse con las sutiles sugerencias del éxito de este verano, “Despasito”: “Y es que esa belleza es un rompecabezas / pero pa montarlo aquí tengo la pieza”.
   Recordé entonces una viñeta de Forges (no la que reproduzco; otra que no he podido encontrar) que mostraba a la pareja camino de la playa: delante, Eva María con su biquini rayado lleva en la mano una pequeña radio de la que surgen los versos de la melodía, en tanto que el menda, detrás de ella, carga a hombros un enorme maletón y canturrea la letra corrigiendo el cuarto verso (“… con su maleta de piel / que un gilipollas llevaba”).
   ¿Es cierto que “cualquier tiempo pasado fue mejor”, como afirma Jorge Manrique? No. Es falso. Tan falso como que Manrique dijera eso, como repiten tantos tontos. Lo que el poeta palentino dijo literalmente fue: “[contemplando] cómo a nuestro parescer / cualquiera tiempo pasado / fue mejor”; esto es, cómo tras los muchos años vividos sentimos la tentación de considerar (erróneamente) que cualquier tiempo pasado fue mejor.
   ¿Cómo es posible entonces que me emocionara una canción del pasado que por aquellos años yo odiaba minuciosamente? No lo sé. Solo sentí que cuando acabó la melodía se apagó de repente aquel destello luminoso (los gorriones gorjeando, las uvas madurando, las chicas contoneándose) y volví de nuevo a este mísero presente atento al destello luminoso de algún radar emboscado que podría encarecer de un modo notable mi viaje a Mérida. Y sin la menor indulgencia.


sábado, 15 de julio de 2017

Tarde azul y jackpot



TARDE AZUL Y JACKPOT

Juan Carlos Elijas
Mérida, Editora Regional de Extremadura, Col. Poesía, 2017, 51 págs.
Prólogo de Miguel Albadalejo

   Nacido en Tarragona en 1966, Juan Carlos Elijas se dio a conocer con un poemario titulado Vers.so.s atávicos (1998), al que siguieron La tribu brama libre (2009), Versus inclusive (2004), Camino de Extremadura (2005), Talking’ heads (2006 y 2007), Al alimón (con Manuel Camacho,2006), Delfos me has vencido (2009) y Cuaderno de Pompeya (2009), compendiados en una edición reciente, Ontología poética (La isla de Siltolá, 2015).
   Ahora, la Editora Regional de Extremadura publica Tarde azul y jackpot, un conjunto de once poemas extensos, la mayoría subdivido en varios apartados, que, en palabras del prologuista “constituye una particular tentativa de transitar por algunos de esos lugares de los que uno vuelve sin palabras, a fin de traer de vuelta un cierto registro del tránsito, Ya desde el primer poema “Sol de la mañana”, se atisban varios de los motivos que se entrecruzan para vertebrar este breve poemario: los estigmas de la soledad, la espera ante la muerte inminente, el elocuente silencio de los establecimientos mortuorios, la angustia frente al vacío existencial, etc. Materias, todas ellas, acerca de la cuales difícilmente se puede hablar y se habla, no solo porque faltan las palabras, sino a veces también, como explica Norbert Elias en La soledad de los moribundos (1982), porque falta el interlocutor”. [Prólogo, p. 8].
   Reproducimos el primer apartado del poema que cita el prologuista, ambientado en un geriátrico (pero todos habitamos en lugares semejantes: escuelas, fábricas, cárceles, templos, residencias…), en que una naturaleza exhuberante y repleta de vida (manzanos, cerezos, limoneros, fresas y sandías,…) no logra ocultar los presagios ominosos de la muerte (cipreses plateados, fuentes por las que llegará el barquero...).

SOL DE LA MAÑANA

             I

Miradnos, los lechosos
ancianos sometidos
a las sillas, bajo los cipreses plateados
que alzan su firmeza
de verduzcas, flamígeras
copas junto a la tapia del asilo.

Miradnos, la existencia resumida
en un azar de campanas y estrellas,
testigos de los últimos
soles de la mañana,
a merced de un tiempo enfermero.

Miradnos, pendientes del pañal y la insulina,
contemplando en los huertos
manzanas y ciruelas,
los encarnados cascabeles
del cerezo, las fuentes
por las que habrá de arribar mañana
el dispuesto barquero
desde la bocana de un seco paladar.

Miradnos, justo al lado
del limonero, frente a fresas
 y sandías, con nuestra
demencia ingenua y nuestras
flaquezas, con nuestro humor
canino, acariciando
los gatos que intuyen la llegada de la fosa
y tañen la danza final
con un ronroneo de colmillos afilados,
de áspera y rosada lengua
de escamas y cosquillas.

miércoles, 12 de julio de 2017

Los menandros del Guadiana


   Tendría por entonces catorce o quince años, cuando en cierta ocasión le entregué a mi profesor de Latín y Griego un poema para que me diera su opinión. Se titulaba “Oda al río Guadiana” (yo era un alumno interno de un centro privado emeritense que estaba próximo al río y todavía recuerdo las escapadas por sus orillas y las nieblas persistentes durante los meses de invierno). La última estrofa, en un franco diálogo con el río (del que dijo Plinio saepius nasci gaudet; esto es, el río que se complace en nacer varias veces) afirmaba  resueltamente:

“Cruzarás tierras de Huelva
entre curvas y menandros
y llegarás al final
desembocando en el Atlántico”

   (Ahora que la releo pienso que podría ejemplificar con rigor la “difícil sencillez” de ciertos estilos poéticos, ejem, ejem).
   El profesor puso especial empeño en comentar con detalle el segundo verso (sin duda, el mejor de los cuatro). Recuerdo que me dijo: “Verás, la primera palabra está mal utilizada porque da a entender que el río pasa “por el medio de las curvas y los menandros”; la segunda es sinónima de la última y por tanto es superflua (en poesía, lo que no suma resta); la tercera, claro, ya no es necesaria, y la cuarta no existe, porque se dice ‘meandros’”.

Destino Gijón

DESTINO GIJÓN

Susana Martín Gijón
Sevilla, Ed. Anantes, 2016, 101 págs.

 Susana Martín Gijón (Sevilla, 1981) ha publicado en la editorial sevillana Anantes hasta el momento tres novelas de trama policial ambientadas en Extremadura (Más que cuerpos, 2013, Desde la eternidad 2014 y Vino y pólvora, 2016) que impregnan las tramas de una notable carga de denuncia social, contemplada desde una perspectiva francamente femenina. En 2015 la Editora Regional de Extremadura publicó Naufragios (finalista de los premios "Felipe Trigo" de novela corta y del premio "La Trama / Aragón Negro" de Ediciones B), una novela ambientada en San Francisco en cuya trama una joven relata en primera persona el sórdido universo de "náufragos" en la gran ciudad. Más tarde, la escritora ha publicado Pensión Salamanca (2016) y Destino Gijón (2016), dos novelas cortas protagonizadas también por la oficial de policía Annika Kaunda.
   Si Pensión Salamanca se situaba en esta ciudad castellana durante el desarrollo de un Gongreso de novela negra, Destino Gijón se ambienta en esta ciudad durante los actos de la Semana Negra, una cita menos académica y más multitudinaria que tiene lugar en los terrenos de los antiguos astilleros, donde Susana Martín Gijón, que ha asistido para presentar su última novela, se encuentra casualmente con Annika y su hija Celia. Al día siguiente, el periódico El Comercio reproduce una fotografía de la “Embarcación en la que ha aparecido la mujer herida de muerte con una potera”. Las dos mujeres, junto con un detective próximo al perfil de los modelos del cine negro clásico, iniciarán una indagación que les llevará finalmente a la elucidación del crimen. Como en el título anterior, las reducidas dimensiones de la novela ocasionan una pareja reducción en todos los frentes (espacios, personajes, sospechosos…), pero ambas logran mantener la tensión hasta un desenlace, como mandan los cánones, imprevisto pero verosímil, y ambas están impregnadas de una intención lúdica y un tono bienhumorado.


“-Como ya sabréis por los periódicos, se ha identificado al propietario de la embarcación. Es Rafael Hormigo Sánchez y adivinad qué –dejó transcurrir unos segundos para acentuar el suspense, pues sabía que esa información aún no se había filtrado-. Es piloto de vuelo en la misma compañía donde trabajaba Alejandra.
   Silbé ante la revelación.
         -Pues eso lo explica todo.
         -Es lo que cree la policía. Le han detenido esta mañana.
         -¿Tú no?
         -Yo no.
         -La conexión es evidente. Seguramente estarían liados. Esa noche quedaron en el barco, algo pasó y él la mató.
         -Blanco y en botella –convine ante la explicación de Annika.
   Félix movía la cabeza a un lado y a otro, la mirada clavada en el suelo.
         -¿Qué es lo que no te cuadra?
   Respiró hondo. Sabía que si pretendía que le ayudáramos tendría que confiar en nosotras.
         -Es mi cliente. Él me contrató.
         -¿El asesino te contrató? –exclamé, tratando de encajarlo en una estructura de novela”. [pp. 50-52]

martes, 11 de julio de 2017

Ni una puta foto


NI UNA PUTA FOTO

Javier Velilla
Madrid, ViveLibro, 2017, 414 págs.
  
   Nacido en Don Benito, Javier Velilla es un ingeniero agrónomo que ha residido por razones laborales en Madrid, Valencia, Oxford y, en la actualidad, en Arabia Saudí. Ni una puta foto, su primera novela, desarrolla su trama en dos bloques alternos muy contrastados. Uno de ellos se sitúa en el mes de julio de 2006 en Valencia y Madrid: Luis Cortés se empecina en contactar con cinco mujeres con las que mantuvo una relación sentimental antes de conocer a Amalia, su actual esposa con la que ha tenido cuatro hijos y con la que mantiene una relación apacible. Por este motivo, es más sorprendente lo insólito de su empeño. Tras leer sus diarios, escritos durante la década de los ochenta, Luis visita a Lola, la joven de Guareña que rompió la relación de un modo cruel (y ahora regenta una óptica y vive con su pareja), intenta encontrar Kika (pero ha muerto prematuramente de cáncer), habla con Cita, sobreviviente de varias rupturas sentimentales dispuesta a marcharse a La India (y que le pide cien euros), visita a Carolina, que lo echa de su consulta y le recrimina la inconsciencia de  su propósito, y a Maga, la joven de las juventudes socialistas abandonada por su esposo. Todas ellas son mujeres fuertes que han afrontado con dignidad la derrota de los sueños de juventud y que reaccionan con un recelo inicial a la llegada de este conocido del pasado. ¿Qué se propone? ¿Reanudar una relación extinta?
   Los diarios, que Luis les pide que lean, responden a esta pregunta. Sumido en una crisis existencial que se niega a aceptar, Luis trata de salvar de la desaparición y del olvido unas experiencias amorosas asediadas por todas las poderosas emociones concéntricas del amor: la inseguridad, la esperanza, la pasión, los celos, el rencor, las infidelidades… Todas ellas comprenden entonces que su plan responde a un miedo no expreso al paso del tiempo, a la vejez y a la muerte, en tanto los diarios vienen a convertirse en un sucedáneo de perduración, logrando que esas vidas, de las que no conserva “ni una puta foto”, no hayan sido del todo baldías. Pero su empeño, como le avisa una de las mujeres (“Si fueras feliz en casa, no estarías aquí… puedes hacer daño a otras personas”) es malsano (“Esos viajes al pasado pueden desquiciar a gente que sea emocionalmente vulnerable”) resulta peligroso y, en el fondo, autodestructivo, pues las fuerzas que invoca en su desatinado empeño son incontrolables. En el desenlace, una frívola aventura erótica con su primera novia y un descuido con su teléfono móvil ocasionarán un daño injusto e irreparable y precipitarán su caída.
   Reproducimos un párrafo de este momento narrativo.

   “-¿En mi cama?
   Él piensa tan rápido como puede qué excusa puede dar, tiene que haber una salida, pero necesita ver el texto, qué coño ha escrito la imbécil que le haya mandado el puto mensaje. Luego se da cuenta de que tiene que ser Lola, es la única que ha estado en su casa, la única que ha estado en su cama.
   -Déjame ver, no sé de qué me estás hablando.
   Y tiende su mano con cuidado, en un movimiento suave hacia Amalia, como procurando no espantarla, que no se asuste, que no reaccione de forma violenta. Ella no se mueve, pero contesta con un tono de voz que es ya un poco más fuerte que el anterior.
         -Sí lo sabes, cabrón. Tu Duquesa en mi cama.
   Ha pronunciado el nombre como si tuviera la boca llena de vómito, y de hecho Luis piensa por un momento que ella va a vomitar; tan grande es el asco que ha sentido desde los dos metros que los separan.
         -Dame el móvil, por favor.
   Ella lo deja caer, no lo ha tirado, y tal vez ha sido un gesto involuntario, como si la fuerza hubiera desaparecido de su mano, como si se hubiera rendido a la evidencia, como si ya no hubiera remedio ni nada  importara”. [p. 406]